Irán y Estados Unidos retoman la negociación nuclear bajo la amenaza de una guerra a gran escala

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Tras unas jornadas llenas de dudas, Irán y Estados Unidos vuelven a la mesa de negociación. Las delegaciones de ambos países, lideradas por el ministro de Exteriores, Abbas Araghchi, y el mediador de Donald Trump, Steve Witkoff, se verán las caras este viernes en Omán. Este país ya acogió encuentros anteriores a la guerra de junio, que lanzó Israel por sorpresa y a la que se sumaron los estadounidenses. Las posturas de Teherán y Washington parecen demasiado alejadas y los mediadores, Qatar, Turquía y Egipto, trabajan contra el reloj para presentar una hoja de ruta que sirva para ganar confianza entre las partes y alejar el riesgo de una guerra a gran escala para la que Estados Unidos se ha preparado con el envío de refuerzos militares a la zona. Irán negocia bajo la amenaza muy real de un ataque a gran escala y debilitado por las fuertes protestas que ha sufrido.

El esfuerzo de los mediadores por alejar el conflicto es directamente proporcional al interés de Israel, gran aliado de Trump, por una guerra a gran escala que acabe con el régimen y descabece «la cabeza de la serpiente», forma que tienen algunos medios del Estado judío de referirse a Irán como impulsor de Hamás, Hizbolá o los hutíes. Antes de llegar a Mascate, Witkoff viajó a Israel para reunirse con Benjamin Netanyahu y la cúpula de seguridad israelí y le transmitieron que su exigencia no es solo frenar el programa nuclear iraní, sino también su programa de misiles balísticos y el apoyo de a sus aliados regionales. El gabinete de seguridad israelí se reunió de urgencia en Tel Aviv en la víspera de la reunión de Omán.

El secretario de Estado, Marco Rubio, hizo suyos el miércoles los argumentos de Netanyahu y declaró que «para que las conversaciones den frutos deben incluir ciertos elementos: el alcance de sus misiles balísticos, el patrocinio de organizaciones armadas en la región, el programa nuclear y el trato a su propia población».

Diálogo nuclear

Los iraníes han sido flexibles a la hora de abordar el contencioso nuclear y están dispuestos a limitar el enriquecimiento de uranio, pero no a detenerlo. Esto ya lo demostraron en 2015, cuando, tras una larga negociación, llegaron a un acuerdo histórico con Barack Obama. Durante tres años, el programa nuclear estuvo limitado y bajo el control exhaustivo de la Agencia Internacional de Energía Atómica, a cambio del levantamiento parcial de las sanciones que asfixian a la economía del país.

En 2018, Trump rompió el acuerdo de forma unilateral y reimpuso los castigos económicos, lo que provocó que los iraníes dejaran de respetar la limitación en el enriquecimiento. Una medida que aseguran que es reversible y se detendrá en cuanto se retiren las sanciones. Algo que no hizo Joe Biden, pese a que lo prometió durante la campaña que le llevó a la Casa Blanca, y que mucho menos planea hacer Trump.

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En este caso, los mediadores habrían planteado, según fuentes cercanas al proceso citadas por Al Yasira, congelar el programa nuclear durante tres años y, posteriormente, limitar en enriquecimiento a una cifra por debajo del 1,5 por ciento. La propuesta también incluiría el traslado a un tercer país de la actual reserva de uranio altamente enriquecido, incluidos unos 440 kilos enriquecidos al 60 por ciento. Rusia se ha mostrado dispuesto a recibir este material. No está claro lo que Washington está dispuesto a ofrecer a cambio.

Misiles y aliados

Irán nunca ha aceptado hasta ahora incluir los misiles en la negociación porque los consideran claves para su defensa, tal y como demostró la guerra de 12 días que libró en junio contra Israel. Tampoco acceden a detener su apoyo a los grupos aliados en la región, a quienes llama «eje de la resistencia», porque no lo considera un factor desestabilizador, tal y como lo describen Israel, Estados Unidos y varios países árabes.

La desconfianza es grande y el representante del Líder Supremo, Alí Jamenei, en la Guardia Revolucionaria, Abdullah Haji Sadeghi, aseguró que «el principal objetivo del enemigo es la rendición de la República Islámica», recogió la agencia Irna. En opinión de este alto cargo del régimen, «el objetivo es que Irán obedezca las órdenes de Estados Unidos. Es una lucha por el poder, una lucha por decidir quién debe gobernar: Dios o el tirano».

La diferencia de arsenal es enorme, pero los iraníes juegan sus cartas en lugares estratégicos como el estrecho de Ormuz, donde el brazo naval de la Guardia Revolucionaria capturó dos buques a los que acusó de contrabando de combustible. Este es un paso clave para la circulación del petróleo que se consume en el mundo y los iraníes lo usan como arma de disuasión ante los planes bélicos de Trump.



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