«Es posible que Aung San Suu Kyi haya muerto ya en prisión»

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La pantalla se ilumina y al otro lado aparece, en algún lugar del mundo, el Doctor Sasa (Lailenpi, 1980). Una localización secreta para quien fuera ministro de Cooperación Internacional en el Gobierno democrático de Myanmar –la antigua Birmania– liderado por la Premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi, y derrocado por un alzamiento militar hace hoy cinco años. Desde entonces, el Doctor Sasa vive oculto y, como portavoz del Gobierno de Unidad Nacional en el exilio, lucha por encontrar el camino de vuelta a la libertad.

—¿Cuál es el bagaje de estos cinco años bajo la Junta Militar?

—Han sido cinco años malditos de dolor, de sufrimiento, de una destrucción realmente mortal provocada por el régimen militar; cinco años en los que los niños no han podido ir al colegio, ni siquiera vacunarse. Solo pueden describirse como años de terror. Pero también han hecho que la resistencia sea más fuerte, pese a que los militares esperaban una rendición. Han aparecido administraciones descentralizadas para la gobernanza local, lo cual es algo realmente positivo. En las últimas semanas el régimen ha organizado unas elecciones falsas, y eso es algo de lo que la comunidad internacional necesita ser consciente: que estas elecciones falsas se organizaron a punta de pistola y que la gente fue obligada a votar con miedo. No hay ninguna legitimidad ni credibilidad en estas elecciones.

—¿Por qué la Junta Militar, inmersa en una guerra civil, ha decidido celebrarlas?

—Los militares intentan normalizar sus atrocidades. Si la comunidad internacional reconoce estas elecciones falsas, eso blanqueará los crímenes contra la humanidad que han cometido. Su objetivo principal es obtener legitimidad a nivel internacional. Los militares no necesitan ganar, les basta con sobrevivir, así que es una especie de estrategia de supervivencia para ellos. Eso significa que China, Rusia y otros regímenes siguen apoyándolos, pero por otro lado también intentan tener acceso a los mercados internacionales. Por eso pedimos a la comunidad internacional que no conceda a los militares lo que están reclamando a gritos. Estas elecciones no tienen nada que ver con el pueblo de Birmania, solo con el deseo de los militares de liberarse de la presión internacional.

—La inusual diplomacia del presidente estadounidense Donald Trump ha alterado la geopolítica global. Su regreso a la Casa Blanca, ¿beneficia o perjudica a su causa?

—Soy optimista. ¿Por qué Birmania importa a los Estados Unidos? En mis conversaciones con los líderes estadounidenses lo planteo con varios argumentos. Primero, Birmania es el corazón del Indopacífico, pues está en la encrucijada entre China y la India. Por ejemplo, a través de Myanmar China tiene una entrada al océano Índico. Segundo, los centros de estafas. Estos elementos criminales están vinculados al régimen militar, y calculamos que cada año más de tres millones de dólares se estafan a ciudadanos estadounidenses. Tercero, el tráfico de drogas. Esta cuestión ya fue fundamental en la detención de Nicolás Maduro en Venezuela. Bien, ¿de dónde vienen esas drogas? Myanmar es uno de los principales productores. Y, cuarto, la trata de personas. La estabilidad en Myanmar beneficia a todos los actores. Pero lo que no podemos permitir es que Myanmar se convierta en un patio de recreo para la India, China o cualquier otro país. Myanmar tiene que ser un país soberano y neutral.

«La resistencia en Myanmar debe formar un tratado de cooperación al estilo de la OTAN»

—¿Qué grado de coordinación hay entre los grupos rebeldes?

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—No solo tenemos que hablar con actores internacionales, también a nivel doméstico con todas las fuerzas de resistencia. Tenemos que unirnos lo antes posible. Mi propuesta es formar un tratado de cooperación al estilo de la OTAN, yo lo llamo Tratado de Cooperación de Myanmar. Eso significa que no tiene que ser un partido político o una ideología común, sino un mecanismo de ejecución. Durante los últimos meses he estado haciendo todo lo posible para que eso ocurra. Tenemos que tener una sola voz para que la comunidad internacional pueda interactuar con nosotros como oposición.

—Uno de los desarrollos más relevantes el año pasado en Myanmar fue el desmantelamiento parcial de los centros de estafas telefónicas y tráfico de personas. ¿Cómo interpreta este hecho?

—Los centros de estafas, el cibercrimen, el tráfico de drogas y la trata de personas, todos forman parte de los mismos elementos criminales facilitados por la Junta Militar, forma parte de su economía ilícita. Esto tiene que ser destruido. Pero eso no se hace derruyendo un edificio y sacando una foto, es profundo y requiere de una estrategia integral que incluya la cooperación con los gobiernos locales. Estamos hablando de una economía de más de 50.000 millones de dólares (42.000 millones de euros). Por eso la cuestión del Tratado de Cooperación de Myanmar es importante, para facilitar ese diálogo. Este problema solo puede empezar a resolverse cuando los actores internacionales trabajen con la oposición en Birmania.

—¿Qué sabe sobre la situación actual de Aung San Suu Kyi?

—Sabemos que ella tiene problemas de salud muy graves y que se le ha negado el tratamiento médico. Su hijo ha dicho que es incluso posible que ya haya muerto en la cárcel. Así que, a menos que los militares demuestren que sigue vive, todavía no podemos descartarlo. Nuestra inquietud crece cada día. Es una mujer de 81 años que ha pasado 20 años encarcelada por los militares. Creo que tiene que haber más presión de la comunidad internacional para que Aung San Suu Kyi, nuestra líder, sea puesta en libertad. Si ella muere en prisión, los militares serán responsables. ¿Cómo pueden encarcelar sin motivo alguno a la líder elegida por un país? Lo hacen porque tienen miedo de ella. La comunidad debería tener acceso y comprobar que sigue viva y, si algo ha ocurrido, tiene que haber un mecanismo de investigación. Es inaceptable.

—Usted mismo vive oculto. ¿Está su seguridad personal amenazada?

—Estoy agradecido de seguir vivo. Cada mañana cuando me despierto tardo unos minutos en darme cuenta de dónde estoy porque me muevo todo el tiempo. Es como una pesadilla que se repite cada día. No solo para mí, para todo el pueblo de Myanmar. 55 millones de personas viven una pesadilla por la brutalidad del régimen militar. Y a veces nos sentimos culpables de seguir vivos. Ves a mujeres embarazadas y recién nacidos que mueren indefensos y sientes que deberías estar muerto, pero ellos deberían estar vivos. Pero al ver el coraje del pueblo de Myanmar te levantas de nuevo. No hay manera de que se rindan ante el régimen militar. Todo lo que pedimos es la libertad, que haya derechos humanos en Myanmar. Es algo que todo ser humano merece en este mundo por el mero hecho de serlo. Nuestro dolor y nuestras pesadillas son reales, pero nuestra esperanza también es real.



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