La textura del arroz depende del tipo de grano, la proporción de agua y el manejo del calor durante su preparación. Especialistas en gastronomía señalan que medir con precisión el agua y el arroz, utilizando un recipiente estándar, evita resultados apelmazados o secos. El arroz integral requiere más líquido y tiempo de cocción que el blanco debido a su capa fibrosa externa. Durante la cocción, agregar agua o caldo caliente en caso de escasez mantiene el hervor sin interrupciones.
El control de la temperatura es fundamental: debe iniciarse en alto para alcanzar el hervor y reducirse a medio-bajo para una cocción uniforme. Un fuego excesivo evapora el agua rápidamente y puede quemar el fondo, mientras que uno insuficiente genera granos desiguales. Evitar mover la olla o cambiarla de quemador durante el proceso contribuye a un resultado homogéneo.
Tras la cocción, el reposo con la olla tapada permite que el vapor se distribuya y complete la cocción de manera uniforme. Remover el arroz en exceso libera almidón, lo que puede producir una textura pastosa. Se recomienda mezclar solo al inicio para integrar ingredientes como sal, aceite o sofrito, y evitar abrir la tapa para no perder vapor.
El lavado del arroz varía según el resultado deseado: para granos sueltos, un enjuague suave hasta que el agua salga menos turbia es suficiente; en preparaciones cremosas, lavarlo en exceso reduce su textura característica. El uso moderado de aceite, sal o sofrito preserva el sabor natural del grano. Un breve tostado en la olla aporta aroma, pero un exceso puede endurecer los granos.
La elección de la olla también influye en el resultado: un fondo grueso y una tapa ajustada garantizan una distribución uniforme del calor. El arroz integral requiere más tiempo de cocción que el blanco, y revisar la olla interrumpe el ciclo del vapor, afectando el resultado final.
**REDACCIÓN FV MEDIOS**


