La grasa abdominal se clasifica en dos tipos principales: la grasa visceral, que se localiza alrededor de órganos como el hígado, el páncreas y los intestinos, y la grasa subcutánea, situada bajo la piel. Estudios científicos vinculan la grasa visceral con un mayor riesgo de enfermedades cardiometabólicas, resistencia a la insulina e inflamación. La grasa subcutánea, aunque menos asociada a riesgos graves para la salud, puede contribuir a problemas si su acumulación es excesiva.
Su acumulación está determinada por el balance energético (diferencia entre calorías consumidas y gastadas), factores hormonales, genética y hábitos como el sueño, el estrés y la actividad física. Un consumo elevado de calorías, especialmente de azúcares refinados y harinas procesadas, junto con un estilo de vida sedentario, favorece su almacenamiento. El estrés crónico y la falta de sueño alteran el metabolismo, incrementando la acumulación de grasa en la zona abdominal.
Para reducir la grasa abdominal, se recomienda adoptar un déficit calórico moderado mediante una dieta rica en alimentos no procesados, fibra y proteínas. La combinación de ejercicios aeróbicos (como caminar o correr) y de fuerza mejora la sensibilidad a la insulina y acelera la pérdida de grasa visceral. La grasa subcutánea suele requerir más tiempo y constancia para reducirse.
No existe evidencia científica que respalde la pérdida localizada de grasa; el cuerpo la elimina de manera global. Indicadores como el contorno de cintura y los cambios en la ropa son más precisos que el peso corporal para evaluar avances. En casos de enfermedades metabólicas, resistencia a la insulina o condiciones médicas específicas, se aconseja consultar a un profesional de la salud para personalizar el plan de acción.
**REDACCIÓN FV MEDIOS**


