#Salud: ¿Por qué es la mejor opción?

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La inflamación es una respuesta normal del cuerpo, como una alarma que se enciende cuando hay una herida o una infección. El problema llega cuando esa alarma no se apaga y aparece la inflamación crónica, un fuego lento que puede afectar la energía, la digestión, el dolor y la salud del corazón. En ese contexto, la dieta antiinflamatoria suele sorprender porque no se basa en prohibiciones rígidas, sino en comida real, saciante y fácil de adaptar al día a día. No promete curas, pero sí ofrece un camino claro para comer mejor, con más calma y menos “ruido” en el plato.

Qué es una dieta antiinflamatoria y por qué funciona en el cuerpo

La dieta antiinflamatoria no es una dieta de moda, es un patrón de alimentación. Prioriza alimentos frescos ricos en fibra, grasas saludables y compuestos antioxidantes, y reduce el peso de los ultraprocesados. En palabras simples, ayuda a que el cuerpo tenga mejores “materiales” para regular su respuesta inmune y metabolizar energía con más estabilidad.

El intestino tiene un papel central. Cuando la microbiota se alimenta bien, produce sustancias que protegen la barrera intestinal y pueden ayudar a que el cuerpo reaccione con menos intensidad. En estudios se usan marcadores como la proteína C reactiva para observar esa inflamación de bajo grado, y una alimentación rica en vegetales y grasas de calidad suele asociarse con mejores valores.

Inflamación aguda vs inflamación crónica, la diferencia que cambia todo

La inflamación aguda es útil, es la hinchazón que ayuda a sanar. La crónica se queda “encendida” y se nota en señales cotidianas como barriga hinchada, cansancio que no se explica, dolor articular, o piel más reactiva.

Los pilares que más bajan la inflamación: fibra, omega-3, antioxidantes y microbiota

La fibra alimenta bacterias beneficiosas y mejora el tránsito. El omega-3 (pescado azul, nueces, semillas) ayuda a modular procesos inflamatorios. Los antioxidantes de frutas y verduras protegen las células. Especias como cúrcuma y jengibre, y fermentados como yogur o kéfir, pueden sumar como apoyo constante.

Qué comer y qué limitar para notar cambios sin complicarse

Funciona bien pensar en un plato “con color”: más verduras variadas, una proteína de calidad y grasas buenas. La constancia pesa más que la perfección, porque la inflamación crónica suele responder a lo repetido, no a un día suelto.

Foto Freepik

Alimentos que suman todos los días, del mercado al plato

Suelen encajar verduras crucíferas (brócoli, col), tomate y pimientos, bayas, legumbres, avena o quinoa, y aceite de oliva virgen extra. También aguacate, frutos secos y semillas, pescado azul, ajo, té verde y chocolate negro en porciones pequeñas. Como truco simple, la patata cocida y enfriada aporta almidón resistente, un tipo de fibra que la microbiota agradece.

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Ultraprocesados, azúcares, harinas refinadas, frituras, alcohol en exceso y carnes procesadas suelen empeorar el terreno. Cambiar refrescos por agua con limón, pan blanco por integral, y snacks dulces por yogur natural o frutos secos suele ser más llevadero que “quitarlo todo” de golpe.

Por qué esta dieta supera expectativas frente a otras opciones populares

Destaca por ser flexible y sostenible. Un estudio del Instituto Karolinska (publicado en Journal of Internal Medicine) asoció una pauta antiinflamatoria con menor riesgo de mortalidad cardiovascular (en torno al 20%) y por cáncer (aproximadamente 13%), un recordatorio de que lo simple y repetible puede tener impacto a largo plazo.

Mediterránea, keto y vegana, en qué se parecen y en qué se queda corta cada una

La mediterránea es muy cercana, aunque el enfoque antiinflamatorio suele insistir más en variedad de colores, especias y fermentados. La keto puede fallar si baja demasiado la fibra o se apoya en grasas de baja calidad. La vegana puede ser antiinflamatoria si se planifica bien, pero pide más atención al omega-3 y a la vitamina B12.

Volver a lo básico suele ser lo más eficaz. La dieta antiinflamatoria encaja porque se apoya en hábitos reales, con más fibra, más omega-3, más aceite de oliva, y menos ultraprocesados. Para empezar sin presión, basta con añadir una ración extra de verduras al día y cocinar con aceite de oliva virgen extra durante una semana, el cuerpo suele notar la diferencia cuando el plato se vuelve más “vivo”.

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