Los países suelen venerar a sus héroes, pero pocas veces comprenden lo que realmente representan. Este 25 de febrero se conmemora el nacimiento de Matías Ramón Mella, ocurrido en 1816. En la memoria colectiva dominicana suele asociársele principalmente al trabucazo de la Puerta de la Misericordia, pero su papel histórico es más profundo.
Mella representa algo incómodo para cualquier sociedad: la responsabilidad de actuar. La independencia dominicana no era inevitable y podía fracasar. De hecho, tenía muchas probabilidades de hacerlo. Los trinitarios eran una minoría política, enfrentaban un poder militar superior y carecían de respaldo internacional.
El mayor peligro, sin embargo, no era externo. Era la vacilación. Los movimientos políticos suelen morir no por falta de ideas, sino por exceso de cautela. Esperan condiciones perfectas, consensos absolutos o seguridad total. Mientras esperan, pierden la oportunidad histórica.
Mella entendió que el tiempo político no es infinito. Su temperamento resolutivo permitió que la conspiración se transformara en acción. Por eso su figura es distinta a la de los otros Padres de la Patria: representa la voluntad política, la capacidad de asumir consecuencias y el rechazo a la postergación permanente.
Recordarlo hoy no debe limitarse al ceremonial. El país actual enfrenta decisiones importantes en distintos ámbitos —institucionales, sociales y económicos— y muchas veces queda atrapado en discusiones interminables. La enseñanza de Mella es clara: los pueblos que siempre esperan el momento perfecto terminan renunciando a su propio destino.
El 25 de febrero no es solo una fecha histórica. Es una invitación a entender que las naciones no se construyen únicamente con ideales, sino con decisiones oportunas. Ese fue el aporte esencial de Matías Ramón Mella a la República Dominicana.
**REDACCIÓN FV MEDIOS**

