Haití en su soledad

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cursaba mis estudios en la universidad de Yale, hice amistad con el economista Carlos Díaz-Alejandro. Durante un almuerzo en el comedor del Saybrook College, con sus paredes de piedra y revestimientos de madera al estilo gótico, el profesor se hizo una pregunta que me sorprendió: “¿Haiti, tiene solución?”. No me dejó contestar, pues agregó que no había esperanza para dicha solución. La palabra inglesa que utilizó fue “hopeless”, para querer decir que esfuerzo resultaría inútil. Lo que pudo haber sido una reflexión más, de muchas que diariamente escuchábamos en un ambiente académico, se quedó conmigo por años y sorprendentemente ha adquirido más vigencia con el tiempo, contrariamente a otras ideas que el tiempo se ha encargado de descartar.

La idea de que no hay solución para Haití es verdaderamente preocupante, pues tener un vecino en permanente crisis nos afectará, como de hecho nos afecta, de manera desbordada. Pero hay algo más. La idea de que esfuerzo resultaría inútil ha llevado a muchos a sentir, lo que llamamos “fatiga de Haití”. Este sentimiento de fatiga es el comienzo de un proceso que termina con desentenderse del problema, de parte de países que tienen responsabilidades históricas y reclaman una posición de liderazgo internacional. El vacío que resulta ser causa de males mayores. Los vacíos de poder causa de anarquía social.
Algunos nos podrán contestar, muy acertadamente, que ya esa anarquía prevalece, con múltiples bandas criminales que cada día ejercen un poder, que debió ejercer un debilitado e ineficiente Estado haitiano. Empero, dejar sueltos a anarquistas solo traerá más desorden y caos.

Los recientes reclamos por parte de voceros de países avanzados de que la sociedad haitiana busque sus propias soluciones es una manera elegante de decir: “No nos interesa”. Y lo que es peor una manera fina de endosarles el problema a los dominicanos, quienes por razones geográficas no podemos escaparlo. Ante semejante panorama debemos actuar con firmeza. Nosotros tenemos intereses legítimos en este asunto. Debemos exigir a los países poderosos estar informados de sus iniciativas.
Independientemente, tenemos que organizarnos para recolectar informaciones más fidedignas y actualizadas de parte para saber se desenvuelven los acontecimientos. Aún más, debemos exigir que cualquier resolución tome en cuenta nuestros intereses. Además, debemos ejercer autoridad en la frontera para que finalmente exista un real control migratorio. Todo lo anterior implica que no podemos desentendernos del problema. Que si bien no tenemos los recursos para hacernos cargo de Haití, tendríamos que estar dispuestos a gastar los recursos necesarios para monitorear y controlar los múltiples problemas que tenemos y nos vendrán. La opción de no querer gastar estos recursos equivale a ignorar el problema, cuyas consecuencias para nosotros serán más graves.

La entrada Haití en su soledad se publicó primero en Periódico El Caribe.



Fuente EL CARIBE

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